22/06/2009

El jardinero

Recogía laureles del jardín de la señora Gutiérrez, cuando ella se asomó por la ventana. -¡Oye! ¡Te pago para que cortes el césped, no para que recojas florcitas de mi jardín!- Mientras se volvía a meter a su mansión escuche como decía –Este maricón de mierda…- y el volumen de su voz fue disminuyendo.

-Sí, yo soy jardinero- me dije a mi mismo, -y soy un jardinero enamorado ¿Qué tiene eso de marica?- me pregunte, no se me vino a la mente ninguna respuesta lógica, supongo que recoger flores es lo suficientemente marica como para que me digan marica.

Me volví a los laureles, recogí un par mas, los puse todos en una cajita de cartón que llevaba conmigo.

–Si todas las mujeres fueran tan dulces como un simple laurel- me dije.

Ahora con el césped, lo corté parejo, trabajo listo, el restante a la bolsa gigante que llevo en la cortadora y a cobrar.

La señora Gutiérrez estaba, como siempre leyendo su revista social en su terraza, le pido mi paga y me la dió con cierto asco, tratando no tocar mis sucias manos.

–No quiero verte recogiendo mis flores otra vez ¿Entendido?- Me dijo con una autoridad algo ofensiva.

–Si señora, lo siento, es que ¿sabe? Estoy enamorado, y sus laureles son preciosos, quiza tanto como mi amada.-

Supuse que tenia la confianza para contarle de mi vida a la señora, llevaba diez años trabajando en su casa, quizás era momento que sepa un poco quien soy.

-¿Ah? ¿Sí?-me preguntó -¿Y que se supone que le puedes ofrecer a una chica? Formar una familia es un trabajo caro ¿Sabes?- inquirió –Me imagino que vas en serio con ella.-

Resultaba gracioso, irónico, que ella me hiciera esa pregunta, su esposo aparecia rara vez en la casa, escuche varias veces que su trabajo era muy exigente, supongo que es el precio de la opulencia.

Un día, mientras cortaba los arbustos de la puerta principal, escuché como ella lloraba y lloraba, trate de no darle importancia pero no pude contenerme a escucharla por el teléfono que después sonó. Ella contestó, ya no lloraba, estaba quedando en encontrarse con alguien. Después de una hora salió, estaba con un vestido rojo y con tanto maquillaje que no se apreciaba esa delicada hermosura que ella posee. Traté de no pensar mal y no pude contenerme.

Por otro lado, su hija mayor salía con hombres mucho mayores a ella y siempre estaba con varios, todos tenían carros de lujo. Pero ella también lloraba. La otra hija iba de fiesta en fiesta y en muchas ocasiones la veía llegar a las 6 de la mañana saltando y tomando agua, eso solo podía sugerir una cosa, yo mientras tanto, trabajaba. Aunque supongo que nada de eso tiene que ver con el corazón de las hijas, quizá se sienten tan carentes que se llenan con esos menesteres tan vacios.
Eran personas buenas, no sabían cómo manifestar sus sentimientos quizás, pero en el fondo, por lo que vi, por las lagrimas que se derramaban en esa casa, eran personas indefensas, quizás dejadas a su suerte por algún dios poco amable.

Mi chica por otro lado era una mujer hermosa y cuidadosa con su cuerpo, trabajaba vendiendo productos de belleza a domicilio, ganaba tanto que a veces ella me invitaba a salir, eso era bueno, ella era buena. Ella era buena y también lloraba, yo trataba de calmarla. Teníamos todos los ingredientes para ser felices, pero cada padre de cada uno de nosotros se había ocupado en marcarnos de distintas formas.

Una mujer buena, además hermosa, ¿Que más necesitaba? Otra. Habíamos conversado en casarnos y tener un hijo, una mujer, otra mujer a mi vida, completaría mis tres mujeres, mi madre, mi esposa y mi hija, no necesitaba más. Pero era cierto lo que decía la señora Gutiérrez, ¿Cómo sustentar una familia?

-No lo sé señora, supongo que tengo amor y honestidad para ofrecerle.- Le conteste después de quedarme un tiempo pensando.

– ¿Honestidad y amor? De eso no se come…- Esperó

–Javier- Le dije. –Javier- Ella repitió.

Diez años y no sabía mi nombre, me sentí mal por un momento, pero supuse que la señora Gutiérrez tenía muchas cosas importante en la cabeza como para saber mi nombre.

-Supongo que tiene razón, tendré que esforzarme si quiero tener una familia, esforzarme mucho señora.- Le conteste.
Ella me examinó de pie a cabeza como si fuera yo una cosa asquerosa. –Parece que sí, parece que sí. Ahora, te puedes retirar esta comenzando a oler mal.- Me dijo con su vocecita altanera.

Baje la cabeza y me fui. –Muchas gracias señora- le dije mientras me iba. Ella no respondió.
Baje las escaleras y ahí estaba Juana, esperando para llevarme a la puerta de salida, me miró de la misma forma que la señora, me despidió y cerró la puerta.

Un caballero de hojalata caminando por las calles de Lima, rumbo a su princesa.