Obviamente no eres perfecto – Dijo Elizabeth mirando directamente a los ojos de Juan – Obviamente eres más común de lo que piensas ser y cuando entras en desesperación eres más predecible de lo que crees. Basta con ver un par de películas románticas y por ahí va tu entusiasmo, ser el gran caballero que salva a la damisela de un gran error, de una bestia salvaje o de casarse con quien la hará infeliz toda su vida.
Para este momento Juan pensaba en cual sería su respuesta, aquella que cubra todos los huecos por donde puede ser vencida, un argumento infalible que solo sirva para salir victorioso de esta conversación. El no tenía la visión de a donde iría la conversación, no se percato del doloroso error que cometía cada vez que buscaba aquel infalible argumento. Uno puede pretender “ganar” todas las conversaciones que tenga en la vida y, en efecto, las puede “ganar” por toda una longeva vida.
No eres dueño del mundo - Dijo Elizabeth llevándose un cigarrillo a la boca, lo prendió – ¡No puedes pretender serlo! Probablemente, para este momento estés construyendo un argumento con pocos errores en tu cabeza y vaya que eres bueno para eso. Pero eso no te va a traer nada bueno, menos si ni siquiera estudias derecho. ¿Cuántas veces has hecho eso? Dejar a una persona sin argumentos para defender sus ideales, posiciones, pensamientos. Avasallar a una persona de esa forma solo para volverte inalcanzable, “inargumentable”, infalible. ¡Madura! Te lo repito, no eres el rey del mundo, nunca lo serás. Baja ya de esa nube. El problema con que trates de tener un argumento infalible en cada pequeña conversación que tienes en la vida es que nunca vas a sacar algo provechoso de ella. ¿Qué sentido tiene conversar contigo si nunca estas abierto a ninguna forma de pensar que no sea la tuya?
Juan pensaba si él podía formar un argumento lo suficientemente fuerte como para dejar sin bases aquello que le recriminaba Elizabeth. Abrió la boca pero no soltó ningún sonido, pensó. – “No puedo decirle nada, hago esto todo el tiempo.” – Cerró la boca pensó una vez más – “Quizás tiene razón” – reflexionó.
Elizabeth le dio una buena aspirada a su cigarro y continuó – Eres patético algunas veces ¿Sabes? ¿Porque te mutilas construyendo planes para salvar gente, que si bien quieres, no están bajo ningún peligro más que el estar relacionadas contigo? Eres toxico a veces, dañino seria más apropiado. Piensas que tu “bien” es absoluto y no puedes ver más allá de tus propios ideales. Dios nos salve de un gobernador como tú. A veces deberías retirar tus llamados “caballos” y dejar de meterte en una guerra que no es tuya. Es decir, ¿Qué haces metiéndote en la vida de las personas que mas quieres? Lo único que conseguirás es sofocarlos y no dejarles cometer sus propios errores o victorias. El mundo no está lleno de gente estúpida, Juan, las personas son lo suficientemente inteligentes como para darse cuenta de lo que hacen. Quizás tú no eres lo suficientemente inteligente como para darte cuenta. Cuando todo lo que fríes en esta sartén se dé cuenta de lo que eres entonces todo ese aceite caerá en tus pies descalzos. Pero eres un romántico ¿Qué puedes hacer? Tienes que dejar de hacer esas cosas, enfría tu ego un poco. Eso no te va a hacer menos que nadie, tampoco te va a hacer más, pero conseguirás cierta estabilidad. Porque ¿Qué es el ego sino el reflejo de lo que crees que el mundo ve en ti? Pero el mundo no te ve, mi querido amigo, el mundo tiene mejores cosas en las que pensar.
Juan comenzó – Creo que tienes razón, se que tienes razón. Pero ¿Acaso tengo que observar como todas las personas que quiero hacen y deshacen sus vidas porque simplemente son jóvenes, como yo, y piensan que tienen que cometer errores para poder ser mejores? Supongo que uno escoge como madura y en quien se convierte. Pero es muy difícil, no poder hacer nada, cruzar los brazos y esperar que al final todo desenlace en éxitos para ellos.
Es que no todo desenlazará en éxitos para ellos. – Respondió Elizabeth – Te digo, si alguien cercano a ti se mete en menesteres viciosos que no son provechosos ni para un conejo de indias, entonces sí, levántate y haz lo que puedas por esa persona. Pero no te puedes desvivir ni siquiera por eso. Por todos los demás, cada uno hace lo que quiere con su vida. Sabes, por experiencias pasadas, que no puedes hacer nada y al final, las cosas no salen tan mal como predices.
Estaba imposibilitado, la distancia me retenía, no había nada que pudiera hacer, aun así lo hubiera querido con toda mi alma. – Explicó Juan. – Pero supongo que eso me debió servir de lección. Al fin y al cabo nadie se pone pistolas en la cabeza y tira el gatillo ¿Cierto?
¡Más que cierto! – Afirmo ella – La vida no acaba porqué cometes un error y las personas no son guiadas por sus errores, todo lo contrario. El hecho es que tienes que dejar de hacerlo, mientras más trates mas impotente te sentirás, mientras menos trates más libre serás y al final, brillaras un poco más como cuando eras niño. Cambia hombre, se un poco menos viejo, date cuenta que eres tan imperfecto como el resto. Como algún viejo amigo te dijo, cada uno carga su cruz, al final, no es en vano.
Juan se levanto de la cama vacía, en un cuarto vacio y oscuro, se dirigió a la puerta y mientras la abría se dijo. – Todo esto es cierto, tengo que hacer algunos ajustes. – Salió por aquella puerta y la cerró, luego volverá a conversar con su conciencia, quizás más seguido de lo habitual.