La humedad invadía sus pulmones con cada inhalada. Las luces entorpecían su vista y el brebaje no le permitía diferenciar el peligro de conquistar arpías o atormentar las vidas de dulces doncellas.
Caminaba por la calle, solo, hambriento y divagando entre sus pensamientos. Entre todos estos preciosos y tormentosos recuerdos. Surgió la vaga imagen de aquella mujer a la que él no sabía bien como definir. A veces ella era un ángel, otras veces una niña, pero siempre fue simplemente la mujer de todos sus pensamientos.
El se encontraba sentado en un cómodo sillón en una de las habitaciones de su casa. Ella se le acercó despacio, caminando como si estuviera flotando.
Ella era una mujer de estatura regular, de una preciosa cabellera lacia y negra. Su figura era preciosa, tenía la tez blanca y de su precioso ombligo colgaba un adorno. Tenía las piernas delgadas y un pequeño lunar en la pierna derecha, era un bello detalle. Como si Dios, después de dotarla de tanta hermosura se quisiera rectificar por concederle a una mujer piernas que solo un ángel puede posar en una pintura, y lo hubiera hecho mediante ese lunar. Un punto de humanidad entre toda esa llanura de divinidad. Unos pechos preciosos terminaban de drogarlo, no eran abundantes, pensaba él, pero estaban divinamente dispuestos y eran tan suaves que él podía caer dispuesto a dormir en ellos, acurrucado entre sus brazos. Tenía unas manos preciosas, delgadas y de dedos largos, manos de pianista, pensó alguna vez él. Tenía el rostro de un ángel expulsado del cielo; precioso cuando reía, hermoso cuando miraba con pasión y generaba ternura cuando sabía que caía en un error.
Ella se acerco, mirándolo como si esperara ver una reacción en su rostro. El sonrío, la vio con ternura y le tendió una mano. Ella se acerco a su alcance y el la abrazo, como un niño que no quiere que su mamá lo deje solo. Miró hacia arriba, a su rostro. Le dijo una frase incomprensible, ella sonrió. Se sentó en sus piernas, él la abrazó con un brazo por la espalda y el otro encima de sus delicadas piernas. Ella lo besó, el nunca supo porque. Se abrazaron y se sumergieron entre las flamas del deseo. Se hicieron uno. Desataron mareas, terremotos y tormentas.
El despertó, yacía en la vereda, recostado en una pared mugrosa. Se observó las manos sucias, la sangre en su pecho. Volteo la mirada al costado, recogió su brebaje. Con las fuerzas que le quedaban se puso en pie y siguió su camino, tambaleándose. Se quitó el sudor de la frente con la manga de su camisa. Pensando que, efectivamente, hay tiempos que nunca volverán.
Caminaba por la calle, solo, hambriento y divagando entre sus pensamientos. Entre todos estos preciosos y tormentosos recuerdos. Surgió la vaga imagen de aquella mujer a la que él no sabía bien como definir. A veces ella era un ángel, otras veces una niña, pero siempre fue simplemente la mujer de todos sus pensamientos.
El se encontraba sentado en un cómodo sillón en una de las habitaciones de su casa. Ella se le acercó despacio, caminando como si estuviera flotando.
Ella era una mujer de estatura regular, de una preciosa cabellera lacia y negra. Su figura era preciosa, tenía la tez blanca y de su precioso ombligo colgaba un adorno. Tenía las piernas delgadas y un pequeño lunar en la pierna derecha, era un bello detalle. Como si Dios, después de dotarla de tanta hermosura se quisiera rectificar por concederle a una mujer piernas que solo un ángel puede posar en una pintura, y lo hubiera hecho mediante ese lunar. Un punto de humanidad entre toda esa llanura de divinidad. Unos pechos preciosos terminaban de drogarlo, no eran abundantes, pensaba él, pero estaban divinamente dispuestos y eran tan suaves que él podía caer dispuesto a dormir en ellos, acurrucado entre sus brazos. Tenía unas manos preciosas, delgadas y de dedos largos, manos de pianista, pensó alguna vez él. Tenía el rostro de un ángel expulsado del cielo; precioso cuando reía, hermoso cuando miraba con pasión y generaba ternura cuando sabía que caía en un error.
Ella se acerco, mirándolo como si esperara ver una reacción en su rostro. El sonrío, la vio con ternura y le tendió una mano. Ella se acerco a su alcance y el la abrazo, como un niño que no quiere que su mamá lo deje solo. Miró hacia arriba, a su rostro. Le dijo una frase incomprensible, ella sonrió. Se sentó en sus piernas, él la abrazó con un brazo por la espalda y el otro encima de sus delicadas piernas. Ella lo besó, el nunca supo porque. Se abrazaron y se sumergieron entre las flamas del deseo. Se hicieron uno. Desataron mareas, terremotos y tormentas.
El despertó, yacía en la vereda, recostado en una pared mugrosa. Se observó las manos sucias, la sangre en su pecho. Volteo la mirada al costado, recogió su brebaje. Con las fuerzas que le quedaban se puso en pie y siguió su camino, tambaleándose. Se quitó el sudor de la frente con la manga de su camisa. Pensando que, efectivamente, hay tiempos que nunca volverán.




