El 24 de Agosto del 2004, Andrés corría por la casa, saltaba, rodaba, se levantaba y seguía corriendo, tenía una hora para salir de la casa, de lo contrario estaba completamente seguro de que moriría ahí dentro.
Su madre le había hablado con voz tenebrosa sobre la casa, su padre le había advertido sobre los peligros y su chica le pedía que calmara su imaginación y dejará de buscar aventuras de exploradores y dimensiones desconocidas. Candice era una chica dulce e inteligente, criada con sabiduría y amor como en pocos casos se ha visto. Ya tenía más logros que Andrés para cuando lo conoció y después de 4 años de relación seguía cosechándolos. Andrés por su parte no era ningún estudiante estrella, aunque si un vendedor excepcional, con una inteligencia muy desarrollada, quizás eso era lo que le atraía tanto a Candice, aunque ella nunca lo pudo saber.
Andrés no tenía tiempo de pensar en esas cosas, su tiempo se agotaba mientras corría por el comedor principal, todo estaba oscuro pero se podía diferenciar las siluetas de las sillas, del gigantesco piano de cola que posaba al costado de la chimenea y de la mesa principal, tan larga como para celebrar banquetes navideños con tres o cuatro familias. Todos los objetos y los muebles permanecían en esa posición desde hacía ya mucho tiempo, las telarañas que adornaban fúnebremente la casa daban testimonio de eso.
Andrés corría por la casa buscando una salida, revisaba todas las ventanas, todas las paredes y no encontraba nada, ni en el baño, ni en la cocina, ni en la sala. Entonces, después de haber buscado entre los muebles, debajo de los entrincados tejidos de las arañas, se dio cuenta de que quedaba una puerta por la cual no había entrado, una puerta robusta a la vista y asegurada con un macizo candado del tamaño de un puño cerrado. Comenzó, entonces, a empujarla, golpearla con el hombro, con la planta del zapato, con todo su peso, pero la puerta no cedía, no se temblaba. Comenzó a desesperarse, comenzó a golpear la puerta con los puños, sentía como incrustaba los nudillos entre los surcos de la madera, y esta comenzó a abollarse, pero sus débiles puños de carne comenzaron a sangrar, buscó algo más útil, y entre un montón de adornos metálicos encontró un jarrón de acero, fuerte y suficientemente sólido como para derribar la madera, lo agarró por la boca para poder manejarlo mejor y comenzó con golpes rápidos y débiles pero, conforme iba pasando el tiempo y la puerta aún no se abría, terminó balanceando todo su peso y fuerza para golpear con el fondo del jarrón la madera, cerca de la manija, del candado. ¡PAM! Esta se abrió y golpeo la pared de la habitación haciendo ese sonido que estremeció de alegría y desesperación: “¡PAM!”
Había encontrado la salida, un túnel que conducía, por debajo de la residencia, hacia el jardín de la fachada.
No le deje ni ver la luz al final del túnel, lo cogí por detrás, con una mano en el cuello, un debo apretándole la manzana de Adán y mi otro brazo empujando su espalda a la altura de su pelvis. Lo derribe y me senté encima suyo, con mis manos en su cuello, apreté y apreté hasta que sus ojos perdieron esa mágica vida que llenaba los espacios en la vida de su familia, de su chica y de sus amigos. “Eres el cuarto en morir en esta casa” le dije al oído mientras la esperanza se desvanecía de su rostro.
Su madre le había hablado con voz tenebrosa sobre la casa, su padre le había advertido sobre los peligros y su chica le pedía que calmara su imaginación y dejará de buscar aventuras de exploradores y dimensiones desconocidas. Candice era una chica dulce e inteligente, criada con sabiduría y amor como en pocos casos se ha visto. Ya tenía más logros que Andrés para cuando lo conoció y después de 4 años de relación seguía cosechándolos. Andrés por su parte no era ningún estudiante estrella, aunque si un vendedor excepcional, con una inteligencia muy desarrollada, quizás eso era lo que le atraía tanto a Candice, aunque ella nunca lo pudo saber.
Andrés no tenía tiempo de pensar en esas cosas, su tiempo se agotaba mientras corría por el comedor principal, todo estaba oscuro pero se podía diferenciar las siluetas de las sillas, del gigantesco piano de cola que posaba al costado de la chimenea y de la mesa principal, tan larga como para celebrar banquetes navideños con tres o cuatro familias. Todos los objetos y los muebles permanecían en esa posición desde hacía ya mucho tiempo, las telarañas que adornaban fúnebremente la casa daban testimonio de eso.
Andrés corría por la casa buscando una salida, revisaba todas las ventanas, todas las paredes y no encontraba nada, ni en el baño, ni en la cocina, ni en la sala. Entonces, después de haber buscado entre los muebles, debajo de los entrincados tejidos de las arañas, se dio cuenta de que quedaba una puerta por la cual no había entrado, una puerta robusta a la vista y asegurada con un macizo candado del tamaño de un puño cerrado. Comenzó, entonces, a empujarla, golpearla con el hombro, con la planta del zapato, con todo su peso, pero la puerta no cedía, no se temblaba. Comenzó a desesperarse, comenzó a golpear la puerta con los puños, sentía como incrustaba los nudillos entre los surcos de la madera, y esta comenzó a abollarse, pero sus débiles puños de carne comenzaron a sangrar, buscó algo más útil, y entre un montón de adornos metálicos encontró un jarrón de acero, fuerte y suficientemente sólido como para derribar la madera, lo agarró por la boca para poder manejarlo mejor y comenzó con golpes rápidos y débiles pero, conforme iba pasando el tiempo y la puerta aún no se abría, terminó balanceando todo su peso y fuerza para golpear con el fondo del jarrón la madera, cerca de la manija, del candado. ¡PAM! Esta se abrió y golpeo la pared de la habitación haciendo ese sonido que estremeció de alegría y desesperación: “¡PAM!”
Había encontrado la salida, un túnel que conducía, por debajo de la residencia, hacia el jardín de la fachada.
No le deje ni ver la luz al final del túnel, lo cogí por detrás, con una mano en el cuello, un debo apretándole la manzana de Adán y mi otro brazo empujando su espalda a la altura de su pelvis. Lo derribe y me senté encima suyo, con mis manos en su cuello, apreté y apreté hasta que sus ojos perdieron esa mágica vida que llenaba los espacios en la vida de su familia, de su chica y de sus amigos. “Eres el cuarto en morir en esta casa” le dije al oído mientras la esperanza se desvanecía de su rostro.





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