21/03/2009

El dueño del mundo

El mundo me pertenecía, a mí y a mi linaje. A mí y a mi mujer. El mundo era nuestro. Con la palma de mi mano hacia que los vientos soplen y con un chasquido de dedos despejaba el cielo. El mundo era nuestro, podíamos hacer que todo esté bien. Podía susurrarte al oído que todo estará bien. Podía decirte: “No me moveré aunque colosos me ataquen, aunque el mundo me empuje, aunque los mares me traguen.” Podía estar ahí para ti, porque tú me lo permitías. En un inicio, en aquel valle tan lejano, te tome de la mano te dije: “¿Ves esa estrella? Esa que divisas lejos, tan lejos que su luz es débil. Esa estrella es tuya. Te lo digo porque soy el dueño del universo y esa estrella es tuya y podría recorrer la distancia entre nosotros y ella 10 veces por un beso tuyo.”

El dueño de todo el universo tiene un problema, de hecho tiene varios problemas. Tantos como defectos suyos y ahora sus defectos se maximizan. Porque no es perfecto para nadie. Porque sus viseras cuelgan de su tórax y aquel pequeño sucio motor tiene las piezas aflojadas. Le duele tanto que derrama inundaciones desde sus ojos de vez en cuando.

Y cuando llegaba el momento de adorarte: “Fix your hair just right, put your jeans on tight, wear a dress, so I can get it off real easy. ‘Cause I've been thinking I'd like to see your eyes open up real wide the minute that you see me.”

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