29/11/2008

El calor de las brasas

Adoro contener tu pasmoso erotismo entre mis brazos, rodeándote como si no te dejara escapar. Controlar tus movimientos con tan solo la palma de mis manos. Sentir tu cálida desnudez en mi pecho y con una caricia sorprender tu piel. Convertirte en ese volátil ser que se contornea como una flama que teme ser soplada, como el fuego en la copa de los arboles.

Ser ese huracán que pasa raudamente para dejarte en calma. Ser ese fuego que se prende en tu interior y exalta tu ser, ser el vértigo que solo te deja pensar en caer. Ser el viento que roza tus mejillas y con un soplido dormirte.

16/11/2008

Aquel sentimiento de color chocolate

Adrián se sentaba siempre en el mismo sillón. Un mueble grande, de cuero, cómodo. Recogió un vaso usado de la mesa y lo lleno con hielo, comenzó a servir whisky en él. Pensaba en esa vieja escena que había grabado en sus ojos durante toda su vida. Se llevo a la boca un cigarro y, mientras lo veía con desgano debajo de su nariz, lo prendió con un fósforo.

¿Qué hacer? Se preguntaba. ¿Cuál es el remedio para aquel pequeño gigante amor que guardaba en su pecho? ¿Porque, de repente, le parecía que todo estaba tan cerca, cuando, verdaderamente, todo estaba a kilómetros de su alcance? Será la humedad, se dijo, evitando pensar en el fuego que lo consumía. ¿Será que la frialdad es la única forma de mantenerse caliente en este mundo? En realidad este sentimiento lo mataba lentamente y el se comenzaba a dar cuenta. El licor le comenzaba a nublar la vista y el cigarro le comenzaba a parecer un reflejo de su volátil existencia. Sus manos ya no eran propias de un novato, su rostro había sido golpeado varias veces por el destino y su mujer era inexistente. ¿Qué confusos pensamientos pueden haber pasado por mi cabeza para llegar a ser este atormentado ser que soy? Se decía. ¿Qué demonio se abra apoderado de mi ser?

Adrián era un hombre que creía en la perfección, como el objetivo supremo del ser humano. El hizo lo mejor que pudo y estaba dispuesto a hacer lo peor, quizás, que puede hacer.

Las personas son como el aire que revolotea mis cabellos, se dijo. Todas ellas caminan a mí alrededor y puede que ninguna sepa quien soy. Yo se que no es cierto, pensó. Una inmensa pena le invadió el cuerpo y se echó a llorar. ¿Porque he de asesinar a aquel niño que sobrevive aquí adentro? ¡No soy lo suficientemente duro! Se reclamó. Si su tacto estuviera conmigo. Si todavía puedo respirar sus fragancias, murmuró. ¡Entonces quizás cometería el peor error de mi vida! Se argumentó. Si tan solo pudiera predecir el futuro y se quejó ante Dios.

Entonces, tres ángeles se alzaron del piso y lo miraron fijamente. ¡No puedes! le gritaron. Le abrieron los ojos y lo leyeron como a un viejo libro cuyas páginas pueden quebrarse con un solo soplido. Suspiraron al unísono. ¡No hay nada que podamos hacer por ti! Le dijeron, lo cerraron y lo despertaron.

Se encontró sentado sosteniendo ese sucio vaso de vidrio en su mano. Se levantó sin pensarlo. Recogió su oxidado cuchillo y mirando fijamente le rebano el cuello a su prisionero, que le devolvía la mirada con una sonrisa perversa.

Adrián sabia que había hecho lo correcto, pero quizás no esperó lo suficiente. Al fin y al cabo, el mundo da giros inesperados sobre su propio eje.

14/11/2008

El pilar del ser

Mujer, ¡Esa no es la salida!- le grite. Ella no hizo caso, no me escucho o no me quiso escuchar. Recostó su espalda contra la puerta y, mirándome, sus labios se curvaron y sus ojos se entrecerraron. Mientras me miraba, sonriendo de esa forma tan perversa, con su delgada mano abrió la puerta y rápidamente se dio la vuelta y comenzó a correr. El paisaje que fue descubierto ante mis ojos era seductor, aunque un poco nefasto. Ella se deslizaba en céspedes de color verde oscuros que formaba lomas y pequeñas depresiones, el cielo era morado y sin nubes.

Ahí estaba yo, entrando a un mundo totalmente desconocido, tragué saliva y comencé a caminar rápidamente por donde suponía que ella había corrido. No podía levantar la cabeza, los seres de este mundo me miraban como se le mira a un foráneo con raras costumbres. Lo único que deseaba era alcanzarla y hacerla mía. Di un mal paso y comencé a descender por lo que parecía un hoyo redondo perfectamente cavado.

Caí de espaldas y una catedral ardía a mi derecha. Era gigantesca y el techo de madera estaba cayéndose por pedazos. Trozos de lo que alguna vez fue una enorme casa de oración y paz. Vi su silueta entre las flamas, era como una sombra negra, pero tenía la certeza de que era ella. Me puse en pie y comencé a correr en dirección a las flamas. Poco importaba quemarme vivo si no podía hacer algo por ella, que estaba en peor situación que la mía. Raudo y torpe, como siempre, entré a la catedral y solo atiné a abrazar a esta sombra, llevármela conmigo en brazos pareció ser una idea genial para terminar la persecución. Cuando la levanté y comencé a correr hacia donde parecía no haber un muro, me percate que mis ropajes ardían. Me ardían hasta el corazón y los pulmones, como el sudor cuando baja por tu frente y supera tus cejas para caer en el ojo. En ese momento el egoísmo me invadió, los demonios se apoderaban de mi temeroso cuerpo. Me detuve donde las flamas no ardían. No sabía con certeza si era ella, no sabía si estaba arriesgando mi vida por una ilusión, un sol de invierno, una lluvia de verano. Decidí dejar en un lugar relativamente seguro ese cuerpo de mujer y echarme a correr antes de que no quede ni un pedazo de barro de mi cuerpo. Cuando me puse de rodillas para dejarla de forma delicada su mano acarició mi rostro, sus labios besaron los míos y supe que era ella. Su sabor, su piel, su forma de besar, eran características que jamás olvide de ella. Corrí con lo último de corazón que me quedaba y caí al piso. Ella quedo lo suficientemente lejos como para no quemarse viva. Yo me levante con lo último de razón que me quedaba, me aleje del fuego.

Me deje caer mirando al cielo. Pensé en que quizás las cosas se debían dar de esa forma. Quizás el destino si exista y nuestros cuerpos sean solo una representación para poder explicar la sucesión de eventos que son inexorables a los movimientos de las olas en el universo. Me fije en las estrellas y me di cuenta que el cielo ya no era morado, el césped era verde claro y verde oscuro, tenia huecos donde se podía ver la tierra marrón. Todo era perfectamente imperfecto. Sentí sus cabellos encima de mi rostro y supe que todo estaba bien. Atrás de nosotros se alzaba una gigantesca ciudad, mi ciudad. Al final, las cosas eran claras, los tormentosos sueños de gloria y demencia habían terminado. Me puse en pie, la mire. Ella parecía estar bien, sus cabellos no se habían quemado y su piel seguía teniendo la misma hermosura de siempre, sonreía. Todo estaba bien. Era hora, entonces, de seguir caminando.

Hasta donde el sol nos lleve.

12/11/2008

Al borde del precipicio

El cielo luce tranquilo y el viento sopla suave, como queriéndote acariciar. El sol te quema la piel y calienta tu pequeña cabeza, no te ayuda a pensar pero, en combinación con el viento, te hace sentir entre los cálidos brazos de alguien que te ama. Las nubes se desplazan casi imperceptiblemente, pero tú notas como cambian de forma y se fusionan y separan. El tiempo ha pasado y el mundo ya no es el de antes. Las personas se mueven rápidamente por las veredas y miran al piso, con las manos en los bolsillos. Nadie parece percatarse del maravilloso paisaje de nubes, encima de ellos. Personas normales, con convicciones normales, vidas normales, con noches normales. Cerebros en buenas condiciones y espíritus sin acceso a las profundidades de su ser.

Los vientos soplan más fuertes, tus cabellos se mueven como delgados látigos pegándole a un prisionero que no existe. No puedes abrir demasiado los ojos por que se secan. Las nubes en el cielo se han convertido en un gran techo de color gris oscuro, parece moverse a toda velocidad pero está ahí, quieto. Las personas caminan más rápido por las veredas, se atropellan unas a otras y el mundo pierde gallardía. Los vientos no se detienen y te comienzas a asustar.

El huracán avanza rápidamente por entre las calles y varias construcciones se desploman a su paso, pedazos de madera salen volando y aterrizan para arrastrarse por el cemento. El mundo va a acabar, piensas. La gente comienza a correr sin balance, apoyándose en sus manos para no caer de quijada al piso. Las tejas de las casa viejas se desprenden y comienzan a volar, como si quisieran pegarte en la cabeza. El ensordecedor sonido de el viento en tus orejas no te deja escuchar los gritos de las personas que yacen en las calles atropelladas, quizás por algún automóvil sin conductor, quizás por algún desesperado conductor. Tú y tu alma se paran en medio del parque y desafían al huracán. Sabes que no hay nada que puedas hacer pero no desperdiciaras esa oportunidad de sublimar tu alma hasta el límite. Te mantienes en pie inclinándote hacia adelante entreabriendo los ojos por si necesitas esquivar algo. Entonces lo sientes, el deseo de dejarte llevar. Dejar las cosas como están y disfrutar tu aceleración hasta alguna pared de material lo suficientemente duro como para detener tu vida. Sabes que no debes, sabes que no puedes, sabes que si lo haces perderás control de tu ser, serás uno con el huracán. Lo deseas tanto.