14/11/2008

El pilar del ser

Mujer, ¡Esa no es la salida!- le grite. Ella no hizo caso, no me escucho o no me quiso escuchar. Recostó su espalda contra la puerta y, mirándome, sus labios se curvaron y sus ojos se entrecerraron. Mientras me miraba, sonriendo de esa forma tan perversa, con su delgada mano abrió la puerta y rápidamente se dio la vuelta y comenzó a correr. El paisaje que fue descubierto ante mis ojos era seductor, aunque un poco nefasto. Ella se deslizaba en céspedes de color verde oscuros que formaba lomas y pequeñas depresiones, el cielo era morado y sin nubes.

Ahí estaba yo, entrando a un mundo totalmente desconocido, tragué saliva y comencé a caminar rápidamente por donde suponía que ella había corrido. No podía levantar la cabeza, los seres de este mundo me miraban como se le mira a un foráneo con raras costumbres. Lo único que deseaba era alcanzarla y hacerla mía. Di un mal paso y comencé a descender por lo que parecía un hoyo redondo perfectamente cavado.

Caí de espaldas y una catedral ardía a mi derecha. Era gigantesca y el techo de madera estaba cayéndose por pedazos. Trozos de lo que alguna vez fue una enorme casa de oración y paz. Vi su silueta entre las flamas, era como una sombra negra, pero tenía la certeza de que era ella. Me puse en pie y comencé a correr en dirección a las flamas. Poco importaba quemarme vivo si no podía hacer algo por ella, que estaba en peor situación que la mía. Raudo y torpe, como siempre, entré a la catedral y solo atiné a abrazar a esta sombra, llevármela conmigo en brazos pareció ser una idea genial para terminar la persecución. Cuando la levanté y comencé a correr hacia donde parecía no haber un muro, me percate que mis ropajes ardían. Me ardían hasta el corazón y los pulmones, como el sudor cuando baja por tu frente y supera tus cejas para caer en el ojo. En ese momento el egoísmo me invadió, los demonios se apoderaban de mi temeroso cuerpo. Me detuve donde las flamas no ardían. No sabía con certeza si era ella, no sabía si estaba arriesgando mi vida por una ilusión, un sol de invierno, una lluvia de verano. Decidí dejar en un lugar relativamente seguro ese cuerpo de mujer y echarme a correr antes de que no quede ni un pedazo de barro de mi cuerpo. Cuando me puse de rodillas para dejarla de forma delicada su mano acarició mi rostro, sus labios besaron los míos y supe que era ella. Su sabor, su piel, su forma de besar, eran características que jamás olvide de ella. Corrí con lo último de corazón que me quedaba y caí al piso. Ella quedo lo suficientemente lejos como para no quemarse viva. Yo me levante con lo último de razón que me quedaba, me aleje del fuego.

Me deje caer mirando al cielo. Pensé en que quizás las cosas se debían dar de esa forma. Quizás el destino si exista y nuestros cuerpos sean solo una representación para poder explicar la sucesión de eventos que son inexorables a los movimientos de las olas en el universo. Me fije en las estrellas y me di cuenta que el cielo ya no era morado, el césped era verde claro y verde oscuro, tenia huecos donde se podía ver la tierra marrón. Todo era perfectamente imperfecto. Sentí sus cabellos encima de mi rostro y supe que todo estaba bien. Atrás de nosotros se alzaba una gigantesca ciudad, mi ciudad. Al final, las cosas eran claras, los tormentosos sueños de gloria y demencia habían terminado. Me puse en pie, la mire. Ella parecía estar bien, sus cabellos no se habían quemado y su piel seguía teniendo la misma hermosura de siempre, sonreía. Todo estaba bien. Era hora, entonces, de seguir caminando.

Hasta donde el sol nos lleve.

1 criticas o comentarios:

Desadaptada Social dijo...

Hola.. ya tenia tiempo ke no venia por aki, pasaba a ver ke hay de nuevo y tu siempre me sorprendes. Besos mexicanos