Adrián se sentaba siempre en el mismo sillón. Un mueble grande, de cuero, cómodo. Recogió un vaso usado de la mesa y lo lleno con hielo, comenzó a servir whisky en él. Pensaba en esa vieja escena que había grabado en sus ojos durante toda su vida. Se llevo a la boca un cigarro y, mientras lo veía con desgano debajo de su nariz, lo prendió con un fósforo.
¿Qué hacer? Se preguntaba. ¿Cuál es el remedio para aquel pequeño gigante amor que guardaba en su pecho? ¿Porque, de repente, le parecía que todo estaba tan cerca, cuando, verdaderamente, todo estaba a kilómetros de su alcance? Será la humedad, se dijo, evitando pensar en el fuego que lo consumía. ¿Será que la frialdad es la única forma de mantenerse caliente en este mundo? En realidad este sentimiento lo mataba lentamente y el se comenzaba a dar cuenta. El licor le comenzaba a nublar la vista y el cigarro le comenzaba a parecer un reflejo de su volátil existencia. Sus manos ya no eran propias de un novato, su rostro había sido golpeado varias veces por el destino y su mujer era inexistente. ¿Qué confusos pensamientos pueden haber pasado por mi cabeza para llegar a ser este atormentado ser que soy? Se decía. ¿Qué demonio se abra apoderado de mi ser?
Adrián era un hombre que creía en la perfección, como el objetivo supremo del ser humano. El hizo lo mejor que pudo y estaba dispuesto a hacer lo peor, quizás, que puede hacer.
Las personas son como el aire que revolotea mis cabellos, se dijo. Todas ellas caminan a mí alrededor y puede que ninguna sepa quien soy. Yo se que no es cierto, pensó. Una inmensa pena le invadió el cuerpo y se echó a llorar. ¿Porque he de asesinar a aquel niño que sobrevive aquí adentro? ¡No soy lo suficientemente duro! Se reclamó. Si su tacto estuviera conmigo. Si todavía puedo respirar sus fragancias, murmuró. ¡Entonces quizás cometería el peor error de mi vida! Se argumentó. Si tan solo pudiera predecir el futuro y se quejó ante Dios.
Entonces, tres ángeles se alzaron del piso y lo miraron fijamente. ¡No puedes! le gritaron. Le abrieron los ojos y lo leyeron como a un viejo libro cuyas páginas pueden quebrarse con un solo soplido. Suspiraron al unísono. ¡No hay nada que podamos hacer por ti! Le dijeron, lo cerraron y lo despertaron.
Se encontró sentado sosteniendo ese sucio vaso de vidrio en su mano. Se levantó sin pensarlo. Recogió su oxidado cuchillo y mirando fijamente le rebano el cuello a su prisionero, que le devolvía la mirada con una sonrisa perversa.
Adrián sabia que había hecho lo correcto, pero quizás no esperó lo suficiente. Al fin y al cabo, el mundo da giros inesperados sobre su propio eje.





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