Lo ingieres y estas mal. El cielo se torna azul, un poco morado. Y ves las horas pasar ante tus ojos. Como un espectro totalmente autónomo, sin sentimientos ni corazón. Lo instantáneo, aquello que nunca volverá.
Pasas horas con la cabeza entre las manos y te das cuenta, en poco segundos, que tu situación no tiene remedio. Que los ideales por los que viviste nunca fueron realistas. Que ese pequeño romántico objetivo se encuentra distante, siglos atrás. Que lo mejor es mimetizarte y echar a perder todo tu infructuoso esfuerzo.
Los modales, las cortesías, las atenciones, son todas esas cosas las que te nublan la vista. Te hacen ver caballeros en relucientes armaduras y doncellas de muñecas finas.
Es que tu madre siempre te dijo que los rectos siempre se aprecian más. Que aquella sucia, dulce corrupción se la deberías dejar a los que se asemejan más a las bestias.
Tu, en tu precoz ineptitud, sellaste la perfección como tu objetivo final y la vida no te ha dado más bofetadas solamente porque lo estas entendiendo.
Así, en tu tumba supondrás que llegará tu recompensa, que la brillante armadura que con pocas manchas mantuviste dará frutos. Entonces, yacerás bajo tierra esperando por un ascenso fugaz mientras te comen los gusanos.
¿Es, entonces, justo que lo que se demande para satisfacer las expectativas de las mujeres, en su carrera contra el tiempo, sea retornado con gran vulgaridad? Quizás el mundo no está hecho a tu medida, pensaras.
Comenzaras a investigar tus límites. Encontraras que no estás seguro de cuánto vale la vida sin un objetivo romántico. Comenzaras a escarbar entre tus convicciones y desecharas esas que te hacían acrónico, romántico, aburrido. Porque en algún momento te darás cuenta que no valen tanto. Que la vida de la bestia es mucho más satisfactoria e incluso mejor recompensada. Dejarás tu inservible armadura reluciente y la cambiaras por los harapos de los hombres.
Vivirás una vida de mayor goce y ahuyentaras a tus demonios del pasado.
Es así de simple, el mundo no está hecho para los hombres de verdad.
Pasas horas con la cabeza entre las manos y te das cuenta, en poco segundos, que tu situación no tiene remedio. Que los ideales por los que viviste nunca fueron realistas. Que ese pequeño romántico objetivo se encuentra distante, siglos atrás. Que lo mejor es mimetizarte y echar a perder todo tu infructuoso esfuerzo.
Los modales, las cortesías, las atenciones, son todas esas cosas las que te nublan la vista. Te hacen ver caballeros en relucientes armaduras y doncellas de muñecas finas.
Es que tu madre siempre te dijo que los rectos siempre se aprecian más. Que aquella sucia, dulce corrupción se la deberías dejar a los que se asemejan más a las bestias.
Tu, en tu precoz ineptitud, sellaste la perfección como tu objetivo final y la vida no te ha dado más bofetadas solamente porque lo estas entendiendo.
Así, en tu tumba supondrás que llegará tu recompensa, que la brillante armadura que con pocas manchas mantuviste dará frutos. Entonces, yacerás bajo tierra esperando por un ascenso fugaz mientras te comen los gusanos.
¿Es, entonces, justo que lo que se demande para satisfacer las expectativas de las mujeres, en su carrera contra el tiempo, sea retornado con gran vulgaridad? Quizás el mundo no está hecho a tu medida, pensaras.
Comenzaras a investigar tus límites. Encontraras que no estás seguro de cuánto vale la vida sin un objetivo romántico. Comenzaras a escarbar entre tus convicciones y desecharas esas que te hacían acrónico, romántico, aburrido. Porque en algún momento te darás cuenta que no valen tanto. Que la vida de la bestia es mucho más satisfactoria e incluso mejor recompensada. Dejarás tu inservible armadura reluciente y la cambiaras por los harapos de los hombres.
Vivirás una vida de mayor goce y ahuyentaras a tus demonios del pasado.
Es así de simple, el mundo no está hecho para los hombres de verdad.





2 criticas o comentarios:
La verdad me dejaste con la boca abierta. Me encanta este blog. Un beso
Buen escrito! Felicidades
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