Tendía su ropa en los cordeles, ordenaba las cosas en la cocina. El no sabía que le sucedería. Era un hombre lleno de dicha, con su esposa y sus dos hijas no tenía que más pedir. Era un risueño soñador, un sincero amigo y sobre todo un gran modelo a seguir. Se despertó esa mañana sabiendo que algo saldría mal. Lavó toda su ropa y ordeno parte de la casa.
Se iba de viaje a Huancayo ese sábado a las 8 de la noche y ya era casi hora de salir a la estación de buses. Una estación que, por cierto, era paupérrima pues no podía costear otra.
Era hora de despedirse de su mujer. Le dijo “cuida a nuestras hijas” y con un sincero beso en la mejilla partió. El día siguiente llegaría a su destino a las 2 de la mañana.
Recuerdo que cuando no teníamos nada que hacer, salíamos a los supermercados a comer. No gastábamos un solo sol pues las degustaciones no costaban y vaya que llenaban. Ese señor al cual le podría hacer un monumento no le faltaba corazón para nada. Fue mi consejero por mucho tiempo y aunque en algún momento sus bromas llegaron a molestarme siempre lo tenía presente en mis acciones.
Era como mi segundo padre y el me presentaba como su “sobrino predilecto”, algo que me llenaba de orgullo. Digamos que a los once años el ser “predilecto” para alguien a parte de tus padres es algo que te llena mucho.
Recuerdo que en ese entonces andaba llenándome de cremoladas en Chiclayo, donde el verano es muy caluroso y la gente muy alegre. En ese entonces esa era lo que ahora vendría a ser el cigarro, mi adicción, tomaba cremolada todo el día. Y uno de aquellos me llega un rumor que cambiaria el rumbo todo mi verano y ahora que lo pienso bien, toda mi vida. Un bus que seguía la ruta Lima-Huancayo se había desbarrancado quedando sumergido en un rió, de el cual no recuerdo su nombre.
Este gran señor no había llegado a su destino y yo me volví más adicto a la cremolada. Pase un día y medio creando historias de cómo el se había salvado con su gran fuerza y astucia. Rodeando las 2 de la tarde del siguiente día me llamaron a un cuarto en la casa de mi primo. Donde su abuela me confirmo lo que ya era obvio. Al parecer este hombre que se sentaba en el asiento 16 había cedido su asiento a una señora y trato de continuar el viaje parado. Al llegar a la Orolla el bus patinó y se desbarranco quedando la parte trasera sumergida en el agua. Con esto como es de esperarse se acabo la vida de mi segundo padre. Con esto sus enseñanzas y su alegría fueron opacadas por este ente al cual no podemos contradecir.
Hoy lo recuerdo y por un azar del destino me acaba de recordar algo. La vida es un soplido y no podemos considerarla infinita. Uno nunca sabe cuando nuestro bus se desbarrancará. Por ende no podemos obviar ni la más fina gota de lluvia. Mucho menos nuestras tormenta interiores y sépase que las tormentas no siempre son malas pues siempre traen calma.
Hace 6 años yo era un chiquillo que pensaba en completas idioteces cuando me juntaba con mis amigos. Hace 6 años no sabia ni en donde estaba parado y aunque era divertido, puedo asegurar que no era lo mejor.





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