16/08/2006

Juan Matías De La Cruz ha muerto.

La veía arreglarse, ponerse capas de capas de piel, un gorrito muy peludo, unas botas inmensas. Cogió el bastón que mi padre me había dejado un día como este.

Vivíamos en una cabañita en medio de un bosque muy lejos de las ciudades, de toda esa pasmosa y enferma congestión. Mi mujer, como la llamo pues a estas alturas no se recordar su nombre, se disponía a abrir la puerta mientras yo pensaba- “esta mujer debe estar enferma” -. Corroborando mi teoría, al abrir la puerta un helado soplido de viento entró a la habitación helándome hasta los huesos. Me levante de un salto y precipitándome hacia la puerta le decía- “mujer acaso estas loca?! Salir con este clima no es nada sano.” –. Me respondía que necesitaba salir que necesitaba ir más allá.

Entendí entonces que algo andaba mal en su femenina cabecita. Agarre mi tasa de café, por que café era lo único que tomábamos. Me senté en mi gran sillón al costado d una mesita pequeña que meses atrás había conseguido. Tome un sorbo de café y comencé un discurso que no vale la pena recordar.

Al término de mi singular y glorioso discurso mi mujer me vio a los ojos y mientras lloraba me gritó –“eres un hombre estúpido, ¿no te das cuenta que aislándote nunca sabrás la verdad? No, yo no soy como tu yo me largo de ésta, tu calida mentira”


Quede atónito y como una roca. Después de tantos años y ella siempre pensó así. Se dio media vuelta. Abrió la puerta. De nuevo aquel maldito soplido de aire helado me congelaba los huesos. ¿Será la realidad la que me hace doler tanto los huesos? Será que no soy tan puro después de todo. Estremeció el lugar al tirar la puerta después de su salida y yo no me podía mover. Podría haberme parado atraparla y abrazarla hasta que se calme. Esta vez sabia que era inútil.

Nunca perdí la esperanza hasta este momento. Ella no volverá y yo tampoco. Nunca seré el mismo sin ella y esta cabaña cada día me mata más. Creo que enloquezco más, cada día más. Con este último escrito me despido de mi vida, de mi sufrimiento y mi imposible amor por la pureza. Yo se. Yo se que todavía somos humanos.

Guardó entonces su lapicero en un cajón junto con la carta y pegándose un tiro en la cabeza esparció sus sesos por toda la habitación. Así se despedía Juan Matías De La Cruz con un balazo en el cráneo y la mirada directa al techo. Sesos y sangre regados por todo el sitio. Otro invierno y la cabaña fría, como siempre, guarda esa carta por siempre entre sus entrañas. Felizmente era invierno.

1 criticas o comentarios:

Anónimo dijo...

Bien, m hiciste reir, un poco, pero lo hicist!!! jajaa