Escribir sobre el pasado, por lamentable que sea, no es volver a vivir, no es ver las fotos empolvadas en la esquina de la biblioteca. Escribir sobre el pasado es una práctica muy difícil, uno tiende a perderse entre toda la información y sensaciones obtenidas en el tiempo. Incluso si el objetivo no es volver a vivir, como es mi caso, sino recuperar el arte perdido desde aquellas épocas.
Las noches en vela, escarbado por entre los libros antiguos de mi viejo, el techo de mi cuarto cada vez más bajo, el romanticismo aplastándome sin piedad contra el sillón de madera, las noches de ejercicio, los intentos de lograr ese misticismo secreto que logré tocar un par de veces. Planear mi existencia, los pensamientos sonámbulos, las largas charlas con mi sombra.
Escribir sobre el pasado es un menester muy tortuoso, un camino lleno de piedras. Es que es muy fácil recordar, pero al escribirlo todo pierde su magia. La ligereza del existir, la esperanza de no caber en el molde, de descubrir algo maravilloso y poder vivir fuera de esta podrida sociedad, son cosas que jamás volverán.
Debe ser que, contrario a Neruda, yo no puedo escribir ningún verso.