Estaba solo y recostado, de espaldas, sobre la barra del bar, supongo que mi postura daba menos envidia que pena. Lo digo porque nadie se me acercaba, la verdad, tampoco esperaba nada por el estilo. Pero paso una hora, yo tenía 3 cigarros y un vaso de pisco a medio beber y se acercó esta mujer. Era rara, pero sensual, tenía una larga cabellera negra y sus brillantes cabellos eran tan ondulados como el mar más bravo. Su piel era de esas que parecen obtener lo mejor de el sol en cualquier temporada, dorada como los bucles de Helena, brillaba sin necesidad de resplandor y contrastaba sus preciosos ojos afelinados. Su cuerpo, delgado, alargado y probablemente la relación entre su torso y sus piernas eran lo suficientemente perfecta como para deslizarse por una que otra pasarela. Su boca, pequeña, labios los suficientemente carnosos y por lo que llegué a notar se curvaban de la manera más sensual cuando reía. Porque se acercó a mí riendo, como si no quisiese hacer lo que estaba a punto de hacer.
Entonces me saludo con uno de esos “hola” que salen disparados intimidados por la inseguridad. La verdad que no esperaba escuchar en su voz ningún vacilo, pero así fue. Yo pensé; una mujer tan hermosa no tiene por qué estar tan insegura, al fin y al cabo, por lo que veía, no parecía que le faltara algún chico cuando ella lo quisiese. De todas formas, su inseguridad me permitió sentirme menos intimidado por su deslumbrante cuerpo. Así que le salude de la manera más natural.
Resulta que Vanessa venía al país luego de muchas travesías en Europa. Según ella se tuvo que ir del país porque ya no aguantaba ver su vida siendo succionada por los afanes dictatoriales de su madre y su padrastro. Ella pensaba ser aquello que llaman un espíritu libre, una paloma a la que no le cortaran las alas jamás. Resulta que con el paso de los años halló que era mucho más conservadora de lo que pensaba, pero ¿Qué sabe uno cuando tiene 18 años?, es que acaso ¿A nadie se le cruza por la cabeza que puede ser un espíritu libre? Supongo que ella pasó por eso y consiguió una respuesta lo bastante satisfactoria. El hecho es que le invite un par de tragos, yo me tomé unos dos más que ella. La conversación era bastante divertida, llegamos a hablar de nuestras aspiraciones profesionales e incluso de vida.
Entonces pasó. Después de que ella me dijo “tienes una…”, le dije “ven aquí” y la besé con la vehemencia de un salvaje sin comer por semanas. Le acariciaba el cuello mientras bebía su esencia y observaba sus hermosos ojos cerrarse como el ocaso al recibir el placer de la fría luna. Su sabor, inigualable, tan fino como el de un vino de la cosecha más fructífera, tan sutil como el respiro de la luna, como si en sus labios se cocinaran las orgías de los dioses griegos. Luego descubrí que yo tenía una pepita de limón en el cuello, pero eso realmente nunca importó.





